“Porque no hará nada Jehova el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”. Amos 3:7.

 

 

man holding up Bible in a wheat field

El mensaje no será llevado adelante tanto con argumentos como por medio de la convicción profunda inspirada por el Espíritu de Dios. Los argumentos ya fueron presentados. Sembrada está la semilla, y brotará y dará frutos. Las publicaciones distribuidas por los misioneros han ejercido su influencia; sin embargo, muchos cuyo espíritu fue impresionado han sido impedidos de entender la verdad por completo o de obedecerla. Pero entonces los rayos de luz penetrarán por todas partes, la verdad aparecerá en toda su claridad, y los sinceros hijos de Dios romperán las ligaduras que los tenían sujetos.Los lazos de familia y las relaciones de la iglesia serán impotentes para detenerlos. La verdad les será más preciosa que cualquier otra cosa. A pesar de los poderes coligados contra la verdad, un sin número de personas se alistará en las filas del Señor.

Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, p.670 (1911).

 

El orden evangélico

El orden evangélico

El Señor ha mostrado que el orden evangélico ha sido temido y descuidado en demasía.1Debe rehuirse el formalismo; pero al hacerlo, no se debe descuidar el orden. Hay orden en el cielo. Había orden en la iglesia cuando Cristo estaba en la tierra, y después de su partida el orden fué estrictamente observado entre sus apóstoles. Y ahora en estos postreros días, mientras Dios está llevando a sus hijos a la unidad de la fe, hay más necesidad real de orden que nunca antes; porque, a medida que Dios une a sus hijos, Satanás y sus malos ángeles están muy atareados para evitar esta unidad y para destruirla. A esto se debe que se envíen apresuradamente al campo hombres que carecen de sabiduría y juicio, que tal vez no rigen bien su propia casa, y no ejercen orden ni gobierno sobre los pocos de quienes Dios los ha encargado en su hogar; y sin embargo se creen capaces de encargarse de la grey. Hacen muchas decisiones equivocadas, y los que no conocen nuestra fe juzgan a todos los mensajeros asemejándolos con esos hombres que se enviaron a sí mismos. De esta manera la causa de Dios sufre oprobio, y la verdad es rehuída por muchos incrédulos que, de no ver tales circunstancias, manifestarían sinceridad y deseo de averiguar: ¿Son así las cosas?

Hombres cuya vida no es santa y que no están preparados para enseñar la verdad presente entran en el campo sin ser reconocidos por la iglesia o por los hermanos en general, y como resultado hay confusión y desunión. Algunos tienen una teoría de la verdad, y pueden presentar los argumentos que la favorecen, pero carecen de espiritualidad, de juicio y de experiencia; fracasan en muchas cosas que debieran comprender antes de poder enseñar la verdad. Otros no dominan los argumentos, pero debido a que unos pocos hermanos los oyen orar bien y dar una exhortación conmovedora de vez en cuando, se los insta a que entren en el campo, a fin de dedicarse a una obra para la cual Dios no los ha preparado y para la cual no tienen suficiente experiencia ni juicio. Manifiestan orgullo espiritual, o se ensalzan y actúan bajo el engañoso pensamiento de que son obreros. No se conocen a sí mismos. Carecen de juicio sano y paciente raciocinio, hablan con jactancia de sí mismos, y aseveran muchas cosas que no pueden probar por la Palabra. Dios sabe esto; y por lo tanto no llama a los tales a trabajar en estos tiempos peligrosos, y los hermanos deben tener cuidado, no sea que impulsen a entrar en el campo a quienes no fueron llamados por él.

Aquellos hombres a quienes Dios no llamó son generalmente los que manifiestan mayor confianza de que han sido llamados y que sus labores son muy importantes. Entran en el campo y no ejercen generalmente una buena influencia. Sin embargo, en algunos lugares tienen cierta medida de éxito, y esto los induce a ellos y a otros a pensar que han sido llamados seguramente por Dios. El hecho de que tengan cierto éxito no es una evidencia positiva de que hayan sido llamados por Dios; pues los ángeles de Dios están ahora influyendo en los corazones de sus hijos sinceros para iluminar su entendimiento en cuanto a la verdad presente, a fin de que la acepten y la vivan. Y aun cuando hombres que se enviaron a sí mismos se coloquen donde Dios no los puso y profesen ser maestros, y haya almas que acepten la verdad al oírlos hablar de ella, esto no es evidencia de que fueron llamados por Dios. Las almas que reciben la verdad por su intermedio serán luego sometidas a pruebas y servidumbre, porque descubrirán más tarde que estos hombres no andan conforme al consejo de Dios. Aun cuando hombres perversos hablen de la verdad, puede ser que algunos la reciban; pero esto no aumenta el favor de Dios hacia aquellos que hablaron. Los hombres que son impíos siguen siendo impíos, y su castigo será según el engaño que practicaron para con los amados de Dios, y según la confusión que introdujeron en la iglesia; sus pecados no permanecerán cubiertos, sino que serán expuestos en el día de la ira de Dios.

Estos mensajeros enviados por sí mismos son una maldición para la causa. Algunas almas sinceras cifran su confianza en ellos, pensando que actúan de acuerdo con el consejo de Dios y que están en unión con la iglesia; y más tarde les permiten administrar los ritos, y, al serles demostrado claramente que deben hacer sus primeras obras, se dejan bautizar por ellos. Pero cuando llega la luz, como ha de llegar seguramente, y comprenden que estos hombres no son lo que ellas creían que eran, a saber, mensajeros llamados y escogidos por Dios, quedan sumidas en pruebas y dudas en cuanto a la verdad que recibieron, y sienten que deben aprenderlo todo de nuevo. Las acosa la perplejidad y el enemigo las perturba acerca de toda su experiencia. Se preguntan si Dios las condujo o no, y no están satisfechas hasta que se las vuelva a bautizar y comiencen de nuevo. Para el ánimo de los mensajeros de Dios es más agobiador que entrar en campos nuevos el ir a lugares donde los que estuvieron antes ejercieron mala influencia. Los siervos de Dios tienen que actuar con sencillez y franqueza, y no encubrir el mal proceder; porque están entre los vivos y los muertos, y tendrán que dar cuenta de su fidelidad, de su misión y de la influencia que ejercen sobre la grey de la cual el Señor los hizo sobreveedores.

Los que reciben la verdad y son puestos en tales pruebas habrían recibido la verdad igualmente si esos hombres se hubiesen mantenido alejados, ocupando el lugar humilde que el Señor les designaba. El ojo de Dios velaba sobre sus joyas, y habría dirigido hacia ellas sus mensajeros llamados y escogidos, hombres que habrían obrado comprensivamente. La luz de la verdad habría brillado ante estas almas, les habría descubierto su verdadera posición, y ellas habrían recibido la verdad con el entendimiento y habrían sido satisfechas con su belleza y claridad. Y al sentir sus efectos poderosos, habrían sido fuertes y derramado una influencia santa.

Nuevamente me fué mostrado el peligro de aquellos que viajan sin que Dios los haya llamado. Si tienen algún éxito, se sentirá su falta de cualidades. Tomarán medidas carentes de juicio, y por la falta de sabiduría algunas almas preciosas serán alejadas hasta el punto de que ya nunca podrá alcanzárselas. Vi que la iglesia debe sentir su responsabilidad y averiguar con cuidado y atención la vida, las cualidades y la conducta general de aquellos que profesan enseñar. Si no dan evidencias inequívocas de que Dios los ha llamado, y de que el “ay” pesa sobre ellos si no escuchan este llamamiento, es deber de la iglesia actuar y hacer saber que estas personas no son reconocidas por la iglesia como maestros. Tal es la única conducta que puede seguir la iglesia para estar sin culpa en este asunto, porque a ella incumbe la carga.

Vi que puede cerrarse esta puerta por la cual el enemigo entra para perturbar la grey y dejarla perpleja. Pregunté al ángel cómo podía cerrarse. Dijo: “La iglesia debe recurrir a la Palabra de Dios y establecerse en el orden evangélico, que ha sido pasado por alto y descuidado.” Esto es indispensable para introducir en la iglesia unidad y fe. Vi que en el tiempo de los apóstoles la iglesia estaba en peligro de ser engañada y explotada por los falsos maestros. Por lo tanto los hermanos eligieron a hombres que habían dado buenas pruebas de que eran capaces de gobernar bien su propia casa y conservar el orden en sus propias familias, y que fuesen capaces de iluminar a los que estaban en tinieblas. Se interrogó a Dios acerca de ellos, y luego, de acuerdo con el parecer de la iglesia y del Espíritu Santo, fueron puestos aparte por la imposición de las manos. Habiendo recibido su mandato de Dios y una vez aprobados por la iglesia, salieron a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y a administrar los ritos de la casa del Señor, sirviendo a menudo a los santos, presentándoles los emblemas del cuerpo quebrantado y la sangre derramada del Salvador crucificado, a fin de mantener frescos en la memoria de sus amados hijos sus sufrimientos y su muerte.

Vi que nosotros no estamos más seguros ahora que la iglesia en los tiempos de los apóstoles en lo que respecta a los falsos maestros; y, aun cuando no vayamos más lejos, debemos tomar medidas tan especiales como las que ellos tomaban para asegurar la paz, la armonía y la unión de la grey. Tenemos su ejemplo, y debemos seguirlo. Los hermanos de experiencia y de sano criterio deben reunirse, y siguiendo la Palabra de Dios y la sanción del Espíritu Santo, debieran, con ferviente oración, imponer las manos a aquellos que dieron pruebas claras de que recibieron su mandato de Dios, y ponerlos aparte para que se dediquen por completo a su obra. Este acto revelaría la sanción que la iglesia les da para que salgan como mensajeros a proclamar el mensaje más solemne que fuera dado alguna vez a los hombres.

Dios no confiará el cuidado de su preciosa grey a hombres cuyo juicio y ánimo hayan sido debilitados por errores anteriores, como el así llamado perfeccionismo y el espiritismo, hombres que, por su conducta mientras estaban en tales errores, se deshonraron y trajeron oprobio sobre la causa de la verdad. Aunque se consideren libres del error y competentes para enseñar este último mensaje, Dios no los aceptará. No confiará preciosas almas a su cuidado; porque su juicio se pervirtió mientras estaban en el error y está ahora debilitado. El Grande y Santo es un Dios celoso, y quiere que su verdad sea proclamada por hombres santos. La santa ley promulgada por Dios desde el Sinaí es parte de él mismo, y únicamente hombres santos que la observen estrictamente le honrarán enseñándola a otros.

Los siervos de Dios que enseñan la verdad deben ser hombres de juicio. Deben ser hombres que puedan soportar la oposición sin excitarse; porque los que se oponen a la verdad atacarán a los que la enseñan, y presentarán contra ella toda objeción que pueda presentarse, y lo harán en la peor forma posible. Los siervos de Dios que llevan el mensaje deben estar preparados para eliminar estas objeciones con calma y mansedumbre, mediante la luz de la verdad. Con frecuencia los opositores hablan a los ministros de Dios de una manera provocativa, para hacerles manifestar el mismo espíritu a fin de sacar ventaja de ello y declarar a otros que los maestros de los mandamientos tienen espíritu acerbo y duro, como se divulgó. Vi que debemos estar preparados para las objeciones, y con paciencia, criterio y mansedumbre, reconocerles el peso que merecen, sin desecharlas o eliminarlas con asertos positivos ni avergonzar luego al que las presentó ni manifestar espíritu duro para con él. Dese más bien a las objeciones su peso, y luego preséntese la luz y el poder de la verdad, para que su peso venza y elimine los errores. De esta manera se creará una buena impresión, y los opositores sinceros reconocerán que estaban equivocados y que los observadores de los mandamientos no son lo que se los acusó de ser.

Los que profesan ser siervos del Dios viviente deben estar dispuestos a ser siervos de todos, en vez de creerse exaltados sobre los hermanos, y deben poseer un espíritu bondadoso y cortés. Si llegan a errar, deben estar dispuestos a confesarlo cabalmente. La sinceridad de las intenciones no puede usarse como excusa por no confesar los errores. La confesión no reduciría la confianza de la iglesia en el mensajero, mientras que él daría un buen ejemplo; se alentaría un espíritu de confesión en la iglesia, y el resultado sería una dulce unión. Los que profesan ser maestros, deben ser dechados de piedad, mansedumbre y humildad, es decir, deben poseer un espíritu bondadoso, a fin de ganar almas para Jesús y la verdad de la Biblia. Un ministro de Cristo debe ser puro en su conversación y en sus acciones. Debe recordar siempre que está manejando las palabras de la inspiración, las palabras de un Dios santo. Debe recordar también que la grey ha sido confiada a su cuidado, y que él ha de llevar sus casos a Jesús e interceder por ellos como Jesús intercede por nosotros ante el Padre. Me fueron señalados los hijos de Israel de antaño y vi cuán puros y santos habían de ser los ministros del santuario, porque su obra los ponía en estrecha relación con Dios. Los que ministran deben ser santos, puros y sin defecto, o Dios los destruirá. Dios no ha cambiado. Es tan santo y puro, tan meticuloso como lo fué siempre. Los que profesan ser ministros de Jesús deben ser hombres de experiencia y profunda piedad, y entonces podrán en todo tiempo y lugar esparcir una influencia santa.

He visto que es ahora tiempo para que los mensajeros vayan doquiera se abra una puerta, y que Dios irá delante de ellos y abrirá los corazones de algunos para que oigan. Hay que entrar en nuevos lugares, y doquiera se haga esto, será bueno ir, si es posible, de dos en dos, a fin de que se sostengan las manos mutuamente. Fué presentado un plan como éste: Sería bueno que dos hermanos principien juntos y viajen en compañía hasta los lugares más obscuros, donde hay mucha oposición, y donde se necesita mucho trabajo, y con esfuerzos unidos y fe enérgica presenten la verdad a los que están en tinieblas. Luego, si les es posible lograr más visitando muchos lugares, vayan separados, pero mientras están de gira reúnanse a menudo, para animarse uno al otro por su fe, a fin de fortalecerse y sostenerse mutuamente las manos. También deben consultarse acerca de los lugares que les resultan abiertos, y decidir cuál de sus dones es el que más se necesita, y de qué manera podrán tener más éxito para alcanzar los corazones. Luego, cuando se separen nuevamente, su valor y su energía se habrán renovado para hacer frente a la oposición y a las tinieblas, y a fin de trabajar con corazón sensible para salvar a las almas que perecen.

Vi que los siervos de Dios no deben pasar una y otra vez por el mismo campo de labor, sino que deben buscar almas en nuevos lugares. Los que ya están establecidos en la verdad no deben exigir tanto de su labor; porque deben poder sostenerse solos, y fortalecer a los que los rodean, mientras que los mensajeros de Dios visitan los lugares sombríos y solitarios, presentando la verdad a aquellos que no la conocen todavía.

Primeros Escritos, pp.97-104.